nada.
La abracé con cuidado.
—Ese automóvil está a tu nombre. Pero incluso si no lo estuviera, nadie tiene derecho a tratarte así.
Daniela levantó la cabeza.
—Papá, ¿por qué mamá estaba tan segura de que tú ibas a creerle?
No supe responder inmediatamente.
Recordé todas las ocasiones en que Patricia me había dicho que Daniela era caprichosa, que discutía demasiado o que necesitaba aprender a obedecer.
Yo casi siempre respondía lo mismo:
«Hablen entre ustedes. Estoy trabajando».
Nunca imaginé que aquellas palabras pudieran hacer que mi hija se sintiera