que la acompañara a la universidad.
Condujo despacio y se detuvo frente a la entrada principal.
Antes de bajar, permaneció unos segundos mirando el volante.
—Papá, ¿te puedo decir algo?
—Claro, mi amor.
—Antes pensaba que una familia era un lugar donde nunca te iban a lastimar.
Guardé silencio.
—Ahora entiendo que hasta alguien que te quiere puede hacerte mucho daño. Pero también aprendí que no estoy obligada a permitirlo.
Sentí un nudo en la garganta.
—Tienes razón.
Daniela me sonrió.
—Gracias por creerme.
Negué con la cabeza.
—Gracias a