no encontraron señales de una lesión más grave, pero necesitaban mantenerla bajo observación.
Cuando preguntaron cómo se había golpeado, no supe responder.
Mi esposa me había dado tres versiones diferentes en menos de una hora.
Aquella noche me quedé junto a la cama de Daniela.
Cerca de la medianoche abrió los ojos.
—Papá… ¿ya regresaste?
Sentí un enorme alivio.
—Aquí estoy, mi niña. No voy a dejarte sola.
Daniela intentó sonreír, pero enseguida empezó a llorar.
—Perdóname, papá.
—¿Por qué tendrías que pedirme perdón?
Miró hacia la puerta, como si