levantó la mano. Durante mucho tiempo pensé que eso bastaba para llamarlo “buen hombre”.
Mi padre me había advertido antes de morir:
—Un hombre puede no ser malo y, aun así, destruirte si nunca se atreve a defenderte.
Yo no le creí.
La familia de Sergio venía de Texcoco. Don Rubén, mi suegro, era un hombre tranquilo hasta la cobardía. Doña Ofelia decidía por todos y adoraba a su hijo menor, Iván, un hombre de treinta y un años con ropa cara, teléfono nuevo y empleos que nunca duraban. Cada