mes esperaba que Sergio le resolviera algo: una deuda, una mensualidad, un negocio “seguro”.
Yo había soportado transferencias, préstamos y mentiras por mantener unida a la familia de nuestra hija Camila, de siete años. Ofelia repetía que una nieta no continuaba el apellido y que todo esfuerzo debía reservarse para el hijo varón. Sergio siempre me pedía paciencia.
Aquella tarde, Ofelia, Rubén e Iván aparecieron sin avisar en nuestro departamento de la colonia Del Valle. Sobre la mesa había una carpeta con documentos.
—Iván se casa con Fernanda —anunció Ofelia—.