Tomé mi bolso. Rubén me pidió perdón con una voz casi inaudible. No lo odiaba, pero su arrepentimiento no podía devolverme los años que pasó observando.
Al salir, Sergio me siguió hasta el elevador.
—Camila necesita a su papá.
—Necesita un padre que la proteja. Puedes aprender a serlo, pero ya no a costa de mi vida.
Las puertas se cerraron.
A la mañana siguiente presenté la demanda. No sentí triunfo. Once años de matrimonio cabían en un expediente con sellos, copias y firmas. Me dolía aceptar que el hombre