con quien había formado una familia no había sido cruel con gritos ni golpes. Había sido cruel entregándome siempre como sacrificio para evitarse problemas.
Camila y yo nos instalamos en la casa de Coyoacán. En la planta baja seguía funcionando la librería que mi padre había amado. Arriba, preparamos una recámara para mi hija. Ella colocó su conejo de peluche junto a una fotografía de su abuelo.
—Mamá, ¿aquí ya no nos van a gritar?
—Aquí vamos a estar seguras.
Camila me abrazó y dijo algo que todavía recuerdo:
—Entonces