el verdadero exceso en esa habitación hubiera sido mi grito, y no la mano de su madre aplastándome contra la ropa de luto.
Jamás olvidaré esa
traición.
No fue un simple error.
No era un hombre paralizado por la conmoción.
Fue una elección.
Una decisión muy clara, tomada en el peor momento posible, frente a los dos ataúdes de sus hijos y la madre de esos niños sangrando por la frente.
Emma, mi hija mayor, había permanecido quieta hasta entonces.
Tenía cuatro años