Aquella tarde, el doctor Paloma llegó al convento. Tras un breve examen a puerta cerrada en la enfermería, salió al pasillo con el rostro pálido y el ceño fruncido, completamente desconcertado.

juro que física y anatómicamente sigue siendo una virgen intacta. Desafía todas las leyes de la medicina”.

La madre Elena sintió un escalofrío helado recorrer su columna vertebral. El doctor se marchó, dejando tras de sí un silencio tan espeso que resultaba sofocante.

Determinada a desentrañar el misterio antes de que llegara este tercer hijo, Elena comenzó a pasar las

noches en vela en el patio central, vigilando los pasillos, revisando cada ventana e inspeccionando los muros perimetrales. Sin embargo, noche tras noche, el convento permaneció sellado como una fortaleza.