instrumentos médicos sobre la bandeja de metal con un fuerte estrépito.
La madre Elena se acercó más, con el corazón martilleando en su pecho.
La niña abrió los ojos y
noches en vela en el patio central, vigilando los pasillos, revisando cada ventana e inspeccionando los muros perimetrales. Sin embargo, noche tras noche, el convento permaneció sellado como una fortaleza.

Los meses pasaron. El vientre de Grace crecía y, con él, su desapego sereno y casi etéreo de la realidad. Pasaba sus días cuidando al pequeño Miguel y al bebé,