El Niño Que Leyó Solo Hasta Que Su Manada Abrió Las Puertas

volvió perfecta.

Hubo días malos.

Días en los que Mateo volvía del colegio enfadado y tiraba la mochila al suelo.

Días en los que una palabra sencilla se le atascaba en la boca y le daban ganas de romper el libro.

Días en los que preguntaba, sin venir a cuento:

—¿Seguro que no me voy?

Y cada vez, Alejandro o Lucía respondían lo mismo.

—Hoy estás aquí. Hoy cenas con nosotros. Hoy Bruno te está robando medio sofá.

Eso era lo que Mateo podía creer.

No promesas enormes.

Hoy.

Una