No pedía nada. Simplemente escuchaba. Gracias a la presencia tranquila y paciente del perro, Mateo fue ganando confianza. Cuando hundía sus manos en el grueso pelaje de Bruno, el tartamudeo desaparecía y su lectura se volvía mucho más fluida.
Finalmente, reunió todo su valor y se inscribió en el gran concurso de lectura de la escuela. Su mayor sueño era, por una vez, dejar de ser invisible. Durante semanas, sentado en la alfombra del salón, practicó la lectura de un texto sobre una manada de lobos que se mantiene unida.