volvió al salón, se sentó entre Alejandro y Lucía, y apoyó los pies descalzos sobre el lomo caliente de Bruno.
El viejo perro suspiró.
Mateo abrió un libro nuevo.
—¿Leo yo? —preguntó.
Alejandro sonrió.
—Cuando quieras.
Mateo miró a Bruno.
Bruno cerró los ojos, listo para escuchar.
Y en aquella casa sencilla, sin cámaras, sin escenario y sin aplausos, un niño que había pasado años sintiéndose invisible empezó a leer en voz alta.
Despacio.
Con errores.
Con pausas.
Con vida.
Y esta vez, nadie vino a rescatarlo.
Porque ya estaba