el cuello.
—Tranquilo, viejo —le susurró—. Yo te sujeto.
Alejandro los miró desde la primera fila.
Lucía le apretó la mano.
Y nadie dijo nada durante un momento.
Porque todos entendieron que aquella era la verdadera victoria.
No el concurso.
No la lectura.
No la insignia.
Sino un niño que, después de pasar media vida esperando que alguien se marchara, por fin tenía a alguien a quien sujetar.
Esa noche, Mateo dejó la mochila azul en lo alto del armario.
No la tiró.
No la escondió.
Solo la guardó.
Luego