El Niño Que Leyó Solo Hasta Que Su Manada Abrió Las Puertas

cosas eran más urgentes.

Ahora estaba allí, bajo la luz cegadora de los reflectores. Los segundos pasaban sin piedad. El director de la escuela ya se aclaraba la garganta con impaciencia. Mateo cerró los ojos. Solo quería empujar el micrófono, rendirse y salir corriendo del escenario.

Entonces, un ruido sordo rompió el pesado silencio.

Las pesadas puertas dobles de madera al fondo del gran salón se abrieron de par en par. Todos los rostros del público se giraron de golpe. Los susurros cesaron de inmediato.

Quince hombres y mujeres, con