mi lado, a veces deteniéndose, a veces dándose la vuelta, pero siempre continuando.
Al llegar a la puerta de mi casita, la abrí y lo invité a entrar. Entró lentamente, con cautela, olfateando cada rincón. Caminó por la casa, como para asegurarse de que fuera segura. Luego regresó a la sala donde yo estaba y se sentó frente a mí.
“Bienvenido a casa, Dusty”, dije.
Pasó la primera noche durmiendo cerca de la puerta. No porque quisiera irse, sino porque se sentía seguro allí. Lo entendí. Le di una manta