Abrí el sobre con las manos todavía temblorosas. Durante unos segundos, el único sonido en la habitación fue el roce del papel y el leve tic-tac del reloj que Harrison había dejado sobre la cómoda. El abogado permaneció frente a mí, en silencio, como si supiera que lo que estaba a punto de descubrir cambiaría por completo la imagen que yo tenía de mi marido.
Saqué primero aquella fotografía antigua.
Harrison parecía mucho más joven, quizá tendría poco más de cincuenta años. Estaba delante de una pequeña