La Mentira Más Bonita del Hombre Tatuado que Salvó a una Anciana

Tenía los hombros hundidos, la barba más descuidada y los ojos rojos.

Compró una botella de agua, como la otra vez.

La dejó en mi caja sin mirarme.

—No te

preocupes —murmuró—. Vengo, pago y me voy.

Yo cogí el sobre de debajo del mostrador.

—Doña Carmen ha venido hoy.

Se quedó quieto.

Completamente quieto.

Como si alguien hubiera apagado el mundo a su alrededor.

—¿Está bien? —preguntó.

—Está preocupada por ti.

Rafa soltó una risa amarga.

—No debería.

Le tendí el sobre.

—Me ha pedido que te dé esto.