de la mesa, apoyando el hocico sobre la bota de Rafa.
Como si supiera que aquel gigante también necesitaba compañía.
Poco a poco, el barrio empezó a cambiar alrededor de ellos.
No de golpe.
Las cosas bonitas casi nunca entran haciendo ruido.
Primero fue el panadero, que empezó a guardar una barra del día para Carmen “porque le sobraba”.
Luego una vecina del segundo le subía bolsas pesadas “porque iba de camino”.
Después, mi encargada permitió poner una pequeña cesta al lado de la salida con un cartel sencillo:
“Para