mi caja, Carmen me miró muy seria.
—Hoy pago yo.
Rafa abrió la boca para protestar.
Ella levantó un dedo.
—Ni se te ocurra.
Yo pasé los productos despacio, disfrutando aquel momento como quien ve florecer una maceta que creía seca.
Cuando terminé, Carmen sacó su monedero desgastado.
Ya no temblaba como aquella primera vez.
Dentro llevaba billetes pequeños, monedas ordenadas y una foto de Carlos doblada con cuidado.
Pagó.
Luego miró a Rafa.
—Y ahora tú me vas a dejar invitarte a cenar sin poner esa cara de perro