A mis 55 años, me atreví a decirle que sí a un hombre de 28.

en años.

Me preguntaba si la conversación en persona sería completamente diferente a la que habíamos tenido por teléfono.

En cuanto llegó, la tensión comenzó a desaparecer.

Hablamos casi con la misma naturalidad que en semanas anteriores.

El café, que se suponía que duraría media hora, se convirtió en varias horas de conversación.

Cuando llegué a casa, supe que ya no se trataba de un simple e inocuo intercambio.

Lo que más me asustaba era cómo me mirarían los demás.
No solo me asustaba la diferencia de edad.

Estaba pensando