casados.
Yo todavía usaba vestidos pegados, perfume caro y sueños tontos.
Después del choque, mi vida se volvió una cama de hospital en la sala.
Aprendí a cargarlo.
A bañarlo.
A cambiarle pañales.
A pelearme con el IMSS.
A sonreír cuando él aventaba el plato porque “la sopa estaba fría”.
Todos me decían:
—Qué buena esposa eres, Brenda.
Y yo me lo creía.
Porque cuando una mujer ama, a veces confunde sacrificio con condena.
Esa mañana fui por conchas a La Esperanza.
De vainilla.
Sus favoritas.
Me levanté