a las cinco, hice fila, las compré calientitas y me fui al centro de rehabilitación.
Quería darle una sorpresa.
Qué ridícula fui.
Al llegar, lo vi en el patio, sentado en su silla de ruedas, hablando con un hombre que yo no conocía.
Me detuve detrás de una columna para arreglarme el cabello.
Entonces escuché su risa.
Una risa limpia.
Fuerte.
Cruel.
Cuando llegó a la casa, me miró molesto desde la camilla.
—¿Dónde estabas? Te estuve esperando.
—Ocupada.
Frunció el ceño.
—¿Trajiste mi pan?
Lo miré.
Por primera