Después de cinco años bañando a mi esposo paralítico, lo escuché reírse y decir que yo era “una enfermera gratis”. Ese día no grité… ese día empecé a quitarle todo sin que se diera cuenta.

una fortuna.

Tomás apareció una última vez.

Llegó sin gritar.

Sin gorra.

Sin soberbia.

—Mi papá me dijo que ya no puede ayudarme.

—Lo sé.

 

—También me dijo que fue tu culpa.

—Seguro.

Se quedó parado en la entrada.

—Encontré los audios.

Lo miré.

—¿Cuáles?

—Los que mandaba a sus amigos. Hablando de ti. De mí. De todos.

Su cara estaba pálida.

—A mí también me usó.

No dije “te lo dije”.

No le habría servido.

 

—Lo siento.

Tomás bajó la mirada.

—Fui un imbécil contigo.

—Sí.

—Perdón.