Después de cinco años bañando a mi esposo paralítico, lo escuché reírse y decir que yo era “una enfermera gratis”. Ese día no grité… ese día empecé a quitarle todo sin que se diera cuenta.

La palabra llegó tarde, pero llegó.

—No sé qué hacer con ese perdón —respondí—. Pero no te deseo mal.

Él asintió.

—¿Puedo llevarle ropa al centro?

—Sí. Coordínalo con la administración. No conmigo.

Entendió.

Eso fue lo más parecido a una paz.

Un año después, la sala de mi casa ya no parecía sala de hospital.

Puse un sillón amarillo.

Compré plantas. Floray fauna

Colgué cortinas claras.

Volví a usar perfume.

Volví a ponerme vestidos pegados, no para gustarle a nadie, sino para recordar que mi cuerpo no era solo