rastros cuando alguien creía que podía usarlo sin consecuencias.
No preguntó directamente por Mariana.
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Se presentó como empresario interesado en tierras de la zona.
El apellido Mendoza abrió puertasconv
una facilidad que lo incomodó.
Don Ernesto Robles aceptó recibirlo esa misma tarde.
Era un hombre de casi setenta años, cabello completamente blanco, botas costosas y una sonrisa demasiado segura.
—Me dijeron que anda comprando terrenos por aquí —comentó Ernesto mientras servía tequila.
—Estoy evaluando inversiones.
Alejandro caminó lentamente por la oficina.
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Diplomas.
Fotografías familiares.
Reconocimientos empresariales.