El sheriff disparó a mi hijo y se rio… pero no sabía quién era realmente su padre

dispuesto a preservar las grabaciones.

—Eso no parece un problema.

—El problema es que alguien vino hace cuarenta minutos intentando llevárselas.

Sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.

—¿Quién?

—Dos hombres de la oficina del sheriff.

Miré hacia la puerta de Ethan.

—¿Se las dio?

—No.

Cerré los ojos.

Por primera vez desde que había comenzado aquella pesadilla sentí algo parecido a esperanza.

—¿Por qué?

Daniel tardó un segundo en responder.

—Porque el dueño de la gasolinera reconoció a Ethan.

—¿De qué?

—Tu hijo trabaja allí algunos sábados,