pudiera responder, escuché una voz detrás de mí.
—Señor Vance.
Me giré.
Un hombre de traje gris estaba al final del pasillo.
No lo conocía.
A su lado había una
mujer con una carpeta.
El hombre se acercó y mostró una identificación.
No pertenecía a la oficina del sheriff.
—Soy investigador especial Gabriel Ortega, de la fiscalía estatal.
Miró mi teléfono.
Después me miró a los ojos.
—Necesito hablar con usted sobre lo que le ocurrió a su hijo.
—¿Por qué?
Ortega abrió la carpeta.
Dentro había fotografías, informes y