mirada.
—Elena llamó a nuestra oficina cuarenta minutos después del tiroteo. Dijo que había visto todo y que estaba dispuesta a declarar.
—¿Y después?
—Después dejó de responder.
—¿Dónde está ahora?
Ortega negó lentamente con la cabeza.
—No lo sabemos.
En ese instante mi teléfono vibró.
Otro mensaje del mismo número desconocido.
Esta vez había una fotografía.
La abrí.
Era
Elena.
Estaba sentada dentro de un coche, mirando hacia atrás con expresión aterrada.
Debajo de la fotografía había cinco palabras:
“Ella también vio lo ocurrido.”
Y un segundo mensaje apareció