noche, me subí a una silla, bajé la caja de zapatos y la abrí.
La tarjeta yacía allí, exactamente donde la había dejado, descolorida por el paso del tiempo.
Me senté en el
borde de la cama y me quedé mirándola fijamente durante casi una hora.
En algún momento me dije a mí misma
la verdad que había estado evitando: el