El billete de lotería que costó una vida

de mi abrigo viejo y subí la cremallera. Ese pequeño trozo de papel, destinado a ser nuestra salvación, ahora parecía un arma de doble filo: un arma que me destruiría o que desenmascararía a los monstruos de mi vida.

El café Magnolia estaba a solo tres calles del hospital. Eran las tres de la tarde; en el salón casi vacío flotaba el aroma a canela, café recién hecho y lluvia. En una esquina junto a la ventana estaba sentada una mujer joven, de unos treinta años, pálida y con ojeras