Porque entendió, demasiado tarde, que su hijo de 9 años había estado cargando una bomba en silencio.
PARTE 2
El juez miró a Ricardo con dureza.
—Se sienta ahora mismo.
Ricardo abrió la boca para protestar, pero el guardia ya estaba junto a la mesa.
Se sentó.
Por primera vez desde que entró al juzgado, ya no parecía millonario.
Parecía descubierto.
El juez extendió la mano hacia Mateo.
—Hijo, dime qué hay en ese teléfono.
Mateo tragó saliva.
—Videos. Audios. Mi papá nos hacía practicar lo que teníamos que decir.