El dueño millonario entró vestido como un cliente humilde a su propia relojería…

Mateo ascendió, entendiendo que no hablaban solo de plantas.

 

—Entonces aprenderé a cuidarla bien.

 

Lucía tomó la maceta y la puso sobre el mostrador.

 

—Te puedo explicar. Pero esta vez, sin mentiras.

 

—Sin mentiras —dijo él.

 

La lluvia seguía cayendo sobre la Roma, lavando banquetes, coches y viejas heridas. No hubo beso de película ni promesa eterna. Solo dos personas se detienen frente a frente, por primera vez en el mismo nivel.

 

Y aveces, después de tanto dolor, eso es más poderoso que cualquier