El dueño millonario entró vestido como un cliente humilde a su propia relojería…

tenía nada que ver con el hombre de playera vieja que había entrado días antes.

 

Fernanda lo vio primero.

 

—¿Tú otra vez? —dijo con desprecio—. ¿Ahora sí conseguiste ropa prestada?

 

Mateo ni siquiera la miró. Caminó hasta el centro de la tienda, sacó una carpeta negra y habló con una voz

ya pasó. Aquí seguimos, ¿no?

 

Luego corrió con las niñas para enseñarles a hacer flores de papel.

 

Mateo la miró con el pecho apretado. Ya no era curiosidad. Ya no era culpa.