papel.
Mateo la miró con el pecho apretado. Ya no era curiosidad. Ya no era culpa.
Estaba enamorado.
Pero también entendió algo terrible: mientras más la amaba, más imperdonable era su mentira.
Y al día siguiente decidió revelar la verdad, sin imaginar que esa verdad podía destruirlo todo…
La relojería estaba llena cuando Mateo Herrera entró vestido con un traje gris oscuro hecho a la medida.
El murmullo se apagó de inmediato. Sus zapatos brillantes golpearon el mármol con una seguridad que no