detalle administrativo.
Mi patrimonio era parte de la imagen de solvencia que Mauricio había tratado de vender.
De pronto entendí por qué se había enfurecido cuando supo que yo había solicitado información directamente al banco.
No quería castigarme por hacer preguntas.
Quería detenerme antes de que descubriera hasta dónde había usado mi nombre.
Mi teléfono sonó sobre la mesa.
No el mío.
El de Mariana.
Miró la pantalla.
—Es Mauricio.
Mi estómago se cerró.
—¿Cómo consiguió tu número?
—Lo tiene desde hace años.
Dejó sonar la llamada.
Terminó.
Volvió a