entrar.
Luego otra vez.
Mariana puso el teléfono boca abajo.
—No tienes que hablar con él ahora.
—Quiero saber qué piensa decir.
—Eso puede esperar.
—No. Quiero escucharlo una vez. Pero no sola.
Mariana me estudió durante un momento.
—De acuerdo.
Contestó y activó el altavoz.
—Mauricio.
Su voz salió de inmediato.
—¿Dónde está mi esposa?
La frase me produjo una sensación extraña.
Mi esposa.
Como si todavía fuera una pertenencia desaparecida.
—Lucía está segura —respondió Mariana.
—Quiero hablar con ella.
Mariana me miró.
Asentí.
—Estoy aquí.
Hubo una pausa.