Después su voz cambió.
Ya no era el hombre que gritaba desde la camioneta.
Sonaba calmado.
Casi preocupado.
—Lucía, anoche se salió de control. Regresa a casa y hablamos.
Me quedé mirando el pagaré.
—¿Dónde están mi teléfono y mi cartera?
—Aquí. Irene los guardó para que no los perdieras.
Teresa levantó apenas las cejas.
Recordé perfectamente a Irene sosteniéndolos desde el asiento trasero.
«Mañana te devolvemos tus cosas, si sabes pedirlas con educación».
—¿Por qué me dejaste en la carretera?
—Tú quisiste bajarte.
La mentira llegó tan rápido que