que no tenía forma de volver a Guadalajara y lo guardé en mi bolsa.
No como prueba.
No como recuerdo del golpe.
Como un objeto útil.
Esa mañana salí rumbo a una cita con un cliente.
Llevaba mi propio teléfono, mi propia cartera y las llaves en la mano.
Nadie tenía que devolvérmelas.