Volví 2 horas antes y encontré a mi hija, muda desde hacía 2 años, riendo abrazada a la empleada mientras mi prometida las miraba con desprecio. La oí decir: «Estás contratada para limpiar, no para jugar a ser su madre». No discutí: cancelé la boda y cambié las cerraduras. Pero aquella noche, el viejo oso de peluche reveló una grabación que explicaba por qué mi hija le tenía miedo kara.

PARTE 1

Cuando Javier Montes abrió la puerta de su chalet junto al embalse de San Juan 2 horas antes de lo previsto, escuchó algo que no oía desde hacía 2 años: la risa de su hija.

Se quedó inmóvil en el recibidor, todavía con el abrigo mojado por la llovizna de septiembre y el maletín en la mano. En el salón, Marta, la nueva empleada doméstica contratada apenas 3 semanas antes, corría en calcetines sobre el parquet mientras empujaba una mopa como si fuera un caballo. Sobre su espalda