PARTE 1
Cuando Javier Montes abrió la puerta de su chalet junto al embalse de San Juan 2 horas antes de lo previsto, escuchó algo que no oía desde hacía 2 años: la risa de su hija.
Se quedó inmóvil en el recibidor, todavía con el abrigo mojado por la llovizna de septiembre y el maletín en la mano. En el salón, Marta, la nueva empleada doméstica contratada apenas 3 semanas antes, corría en calcetines sobre el parquet mientras empujaba una mopa como si fuera un caballo. Sobre su espalda