Cuando me acomodé en el asiento, entendí algo que todavía me cuesta explicar: durante años había creído que necesitar ayuda era una forma de debilidad porque Mauricio se había encargado de repetírmelo cada vez que yo intentaba recuperar un poco de independencia.
Aquella noche aceptar un asiento seco fue mi primera decisión libre en mucho tiempo.
Teresa me preguntó si recordaba el número de Mariana.
Lo sabía de memoria.
Rafael me prestó su teléfono.
Mariana contestó al cuarto tono.
—Lucía, ¿dónde estás?
No preguntó por qué llamaba desde otro número.