propiedad donde Teresa podía quedarse sin depender de nadie más.
No me interesó saber cuánto valía, quién la administraba o cuántas habitaciones tenía.
Lo único que recuerdo con claridad es una taza caliente entre mis manos y una puerta que pude cerrar desde dentro sin sentir miedo de escuchar los pasos de Mauricio al otro lado.
Dormí poco.
Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver la camioneta alejándose entre los charcos.
También escuchaba la voz de Graciela.
«Ahora aguántate».
Pero había otra frase que se mezclaba con esa.