Después de mandar casi dos millones de pesos durante cuatro años trabajando en el extranjero, regresé para abrazar a mi esposa y la encontré rapada, demacrada y arrodillada junto al fregadero. Mi hermana se burló: “Así se ve una mantenida”. No discutí; grabé cada palabra, abrí su expediente médico y dejé sobre la mesa unos documentos que ellas firmarían por pura codicia.

misma tarde intentó comprar un anillo carísimo en un centro comercial. La operación fue rechazada frente a su prometido.

Me llamó veinte veces. No respondí.

Al anochecer volví a la casa acompañado por un abogado, el notario y dos policías municipales que acudieron para evitar una confrontación. Mi madre estaba en la sala, rodeada de papeles del banco. Karla tenía el maquillaje corrido y el vestido arrugado.

—¡Nos robaste! —gritó Teresa—. ¡Devuélveme mi casa y mi dinero!

Abrí mi carpeta, puse sobre la mesa las escrituras, los estados de cuenta,