se interpuso. Mi madre miró al abogado y luego al notario, buscando una grieta por donde escapar.
—Eso no prueba que el dinero sea tuyo —dijo—. Tú lo mandabas porque eras buen hijo. Una vez depositado, era mío.
Saqué cuatro años de comprobantes de remesas, recibos de nómina, conversaciones donde ella confirmaba que administraría el dinero para construir mi casa y mensajes en los que me aseguraba que Lucía recibía todo lo necesario.
Después coloqué sobre la mesa una hoja doblada. Era el recibo del negocio que había comprado el