Después de mandar casi dos millones de pesos durante cuatro años trabajando en el extranjero, regresé para abrazar a mi esposa y la encontré rapada, demacrada y arrodillada junto al fregadero. Mi hermana se burló: “Así se ve una mantenida”. No discutí; grabé cada palabra, abrí su expediente médico y dejé sobre la mesa unos documentos que ellas firmarían por pura codicia.

drama, Javier —dijo mi madre—. Lucía se puso químicos baratos y se le cayó el pelo. Además, se obsesionó con adelgazar.

—Está loca —añadió Karla—. Vive de tu dinero y todavía quiere llamar la atención.

Entonces vi una cinta médica bajo la manga de Lucía y una mancha amarillenta donde le habían canalizado una vena. Quise exigir respuestas, pero comprendí que la casa, las cuentas y casi todo estaban a nombre de ellas. Si las enfrentaba sin pruebas, podían ocultar el dinero y culpar a Lucía.

Así que mentí.

—Regresé