Después de mandar casi dos millones de pesos durante cuatro años trabajando en el extranjero, regresé para abrazar a mi esposa y la encontré rapada, demacrada y arrodillada junto al fregadero. Mi hermana se burló: “Así se ve una mantenida”. No discutí; grabé cada palabra, abrí su expediente médico y dejé sobre la mesa unos documentos que ellas firmarían por pura codicia.

Llevaba un gorro de lana, aunque no hacía frío. Cuando me reconoció, no corrió a abrazarme. Se encogió contra la pared y se cubrió la cabeza con ambas manos.

Le quité el gorro.

No tenía cabello. Su cuero cabelludo mostraba pequeñas cortadas, como si alguien hubiera pasado una navaja sin cuidado.

Mi madre salió usando un conjunto de seda, pulseras de oro y una cadena gruesa. Detrás apareció mi hermana Karla con un teléfono nuevo, bolso de diseñador y tantos anillos que apenas podía cerrar los dedos.

—No hagas un