colonia donde vivía con Emiliano, su hijo de diecisiete años. El muchacho había nacido con una cardiopatía y necesitaba medicamentos que ella jamás dejaba de comprar, aunque eso significara repetir frijoles y arroz toda la semana.
Durante años, Rosa había sido más que una empleada para doña Elena Del Valle, la madre de Alejandro, dueño de un consorcio de logística y construcción que operaba en varios estados. Doña Elena hablaba con ella en la cocina, le contaba sus preocupaciones y le pedía opinión sobre asuntos que nunca confiaba a sus