Renuncié a una fortuna por la hija que mi padre intentó ocultarme: el secreto detrás de mi boda cancelada

ceño fruncido idéntico al mío y la tibieza de sus dedos aferrados a mi mano.

—No —dije con firmeza.

Camilla frunció el ceño:

—¿«No» qué?

—No voy a ir a la Toscana.

—Elliot, no delires. Estamos en medio del Atlántico; el avión no va a dar la vuelta por tus caprichos sentimentales.

Presioné el botón de llamada del servicio de cabina. La asistente de vuelo se acercó al instante:

—¿En qué puedo ayudarle, señor Vance?

—¿Dónde está programada nuestra próxima escala técnica de abastecimiento?

—Aterrizamos en cuarenta minutos en el