dije, sintiendo cómo las lágrimas contenidas asomaban a mis ojos—. No hay viaje a Italia, ni dinero de mi padre, ni acuerdos corporativos. Dejé todo atrás en Irlanda.
Naomi negó con la cabeza, incrédula:
—Tu padre… te va a destruir…
—Que lo intente. Ya no tiene control sobre mí; ninguno de ellos lo tiene —di un paso cauteloso hacia el umbral—. Tenías razón hace tres años, Naomi: fui un cobarde y permití que me convencieran de que el deber familiar importaba más que lo que sentía. Pagué ese error con