tres años de vacío absoluto. Pero ayer, cuando Bella me tomó de la mano, comprendí todo.
Detrás de las piernas de Naomi asomó una cabecita con rizos oscuros. Bella, en su pijama amarillo con figuras de jirafas, sostenía a su elefante de peluche contra el pecho. Me miró con sus ojos grandes y expresivos, reconociéndome:
—¿Señor del avión? —preguntó.
Me arrodillé sobre la madera del porche para quedar a su altura. Un nudo en la garganta apenas me permitía modular las palabras:
—Hola, Bella. ¿Te acuerdas de mí?
La pequeña